Los invito a leer mi relato, con una taza en mano del blend flores del valle y con la lista play list de Natalia Lafourcade “This is Natalia”, su canción hasta la Raíz, es perfecta.
Dicen por ahí que somos la suma de las historias vividas, las decisiones tomadas, los errores cometidos, los libros leídos, las risas y las lágrimas sentidas. Yo agrego, soy las tazas de té bebidas.
Recuerdo hace unos 15 años, encontrar en el té el descanso de la rutina, del stress del trabajo y de las mil quinientas cosas que hacer en la casa y con 3 niños. De algún modo me desconectaba de todo eso y me descubría inmersa en un mundo de sensaciones.
Casi todos los fines de semana, y quizás a mitad de semana también, nos reuníamos en casa con mis amigas a tomar el té, ritual que comencé a proponer y compartir con ellas y que, a medida que pasaba el tiempo, hacíamos con más frecuencia y detalle. Cuando podía (léase: los niños me dejaban) me ocupaba de esperarlas con la mesa lista, otras veces la poníamos juntas y preparábamos todo con detalle. Si bien al principio usábamos “una taza de cada pueblo”, fui comenzando a elegir y comprar mis primeras tazas de té para embellecer y disfrutar de ese momento de manera especial. Mis Amigas me regalaron mi primer juego de té que amé, de una casa de decoración que había en la esquina de casa, en la cual me paraba en la vidriera siempre que pasaba, tanto de ida como de vuelta, y apoyando la nariz sobre el vidrio, suspiraba imaginando la taza entre mis manos. Eran 4 tazas blancas con sus platos, con hermosos dibujos; una de ellas era de pastel de bodas (Belén “cantó pri” para usarla, porque estaba ansiosa por casarse) y las otras con delicadas y deliciosas tortas.
Aparte de la vajilla, que cada vez era más bonita, nos dábamos una panzada de deliciosas tortas, budines y demás, que entre charlas y risas iban desapareciendo, quedando sólo las migas. Eran tardes hermosas, disfrutábamos cada palabra y revivíamos cada anécdota, entre risas y, obviamente, el té.
Mi mamá comenzó a ver mi encanto con el té y su ritual, y me regaló mi primera tetera, artesanal, hecha a mano por un alfarero en el mismo lugar desde donde hoy escribo esta historia, a mil kilómetros de distancia y donde empecé a transitar este camino…es un poco loco, ¿o no?
En ese momento mi mayor conocimiento provenía de la góndola del supermercado. El mundo del té era de total ignorancia para mí. Era sólo un saquito, una caja, una taza caliente de color oscuro. Lo tomaba con azúcar y ya. Comencé a descubrir, en mi afán de agregar algo nuevo, que hay una inmensa variedad de té saborizado, y obviamente también lo descubrí en la góndola del super. Fascinada (sí, créase o no, me parecía re interesante) comencé a comprar todos los sabores habidos y por haber. Entonces, nuestras mesas ya no sólo tenían vajilla y pastelería especial: ahora también tenían gran variedad de té para elegir. Sin saberlo, preparé mis primeros blends. Mezclaba saquitos de hierbas o de distintos sabores. También comencé a ponerme “más técnica”; por ejemplo, prestaba atención al tiempo de infusión y temperatura del agua (información que obviamente venía escrita en la cajita), para hacer el té cada vez más rico. Lo probé sin azúcar y no pude comprender jamás las 5 cucharadas que le ponía una de mis amigas al té, en particular a uno saborizado de frutas tropicales, que quedaba de lo más parecido a una gelatina caliente. Ninguna podía comprender cómo era capaz de beber semejante caldo, pero nos valía de risas interminables. Tampoco comprendían cuando yo les decía que, al beber mi té, “yo viajaba”; describía con esas palabras, las emociones que me brindaba la taza de té en mis manos: Calma, paz, una sensación de total serenidad y plenitud. Con el tiempo, yo pude comprender perfectamente por qué me ocurría.
Desde ese entonces el Té, que era sólo una excusa, comenzó a hacer huella en mí. Ya no me alcanzaban los saquitos saborizados que rebozaban en la alacena, ni siquiera mezclarlos. Había algo más y lo tenía que descubrir.
Una tarde mi suegra me invitó a tomar el té con sus amigas. Recuerdo claramente que al entrar a su casa quedé maravillada. Me encontré con una mesa delicadamente armada, con su mantel y su juego de té perfecto. Cada taza y plato, azucarera, tetera, todo en su lugar y, obviamente, un despliegue de pastelería increíble. Es ahí cuando descubrí que el té venía en hebras. Sí, oscuras y deliciosas hebras negras, clásicas del té inglés, que se sirve a las 5 de la tarde y, en este caso con una torta de manzanas espectacular que preparaba Chichita, mi suegra. Nuevamente, mis sentidos quedaron totalmente maravillados. Y aunque la mesa era un verdadero espectáculo, mi fascinación pasaba por otro lado.
El té ya no cabía sólo en un saquito; existían latas, orígenes y marcas distintas. Hebras con historia. Hebras que cobraban vida. Comencé a comprender levemente que el té era todo un mundo, sin duda necesitaba conocerlo, había dentro mío una conexión con él que no podía explicar, las sensaciones y emociones que me provocaban esta infusión carecían de sentido, pero estaban presentes.
Me preguntaba por qué y de dónde provenía. Y aunque la respuesta aún no era clara, me permití alimentar y disfrutar cada una de esas emociones tan positivas que el té me regalaba, aunque llevó tiempo y mucho camino por recorrer.
Gran parte de mis recuerdos felices de la infancia, tienen un lugar y una persona favorita. La casa de mi abuela y, obviamente, Ella, mi abuela Olga.
¿Qué tan importante puede ser una persona para toda nuestra vida, aunque sólo esté con nosotros unos cortos 11 años? En mi caso, creo que la respuesta es obvia, ya que puedo recordar como si fuera ayer su aroma y color, su voz y todo lo que su corazón dulce me ha enseñado.
Con su delantal de flores y bolsillos grandes, con su máquina de coser a pedal de 100 años. Sus manos arrugaditas. Sus vestidos y aros. Sus ruleros. Sus pastas, sus guisos, su cocina llena de amor.
Mi abuela era una mujer simple y sencilla. Querida por todos, se ocupaba de todos. Tempranito a la mañana arrancábamos limpiando los cuartos, ventilando esas piezas de techos altos y ventanas inmensas, con pisos de madera y muchos metros por recorrer. Se ocupaba de su mamá, mi bisabuela Mama, y después salíamos juntas a hacer las compras. Caminábamos cinco cuadras tirando de un carrito ruidoso por las veredas del barrio. Toda una aventura. Comprábamos casi siempre lo mismo, pero siempre me dejaba elegir algo que me gustara. Saludábamos a todos de ida y de vuelta. Era uno de los momentos más hermosos del día. Al volver nos esperaba preparar la comida para un batallón, ya que en la casa de mi abuela nunca éramos menos de 6, entre visitas y familiares pensionados que venían del campo a vivir al pueblo.
Una vez que terminábamos de comer y luego de la siesta, a las 3 de la tarde puntualmente, mi abuela se levantaba para que yo no muriera del aburrimiento, entonces nos disponíamos a nuestros partidos diarios de escoba de quince y casita robada en la que, con porotos blancos, anotábamos los puntos. De fondo en la tele se escuchaba el programa de “El Chavo del ocho”. Era el programa favorito de mi abuela, ¡qué manera de hacerla reír! Mientras tanto, yo disfrutaba de cada minuto, cada sonrisa. Éramos compañeras de vida.
¿Y Por qué cuento todo esto? Es que en un momento especial, logré unir las vivencias compartidas con mi abuela y las emociones que me despierta el té. Fue allí donde floreció un recuerdo, una experiencia a la cual hago responsable nada más y nada menos que de mi amor por el té.
Resulta que siempre después de comer, mi abuela preparaba una poción mágica que todos compartíamos, la pasábamos de mano en mano y tomábamos de la misma bombilla. En un jarrito colocaba unas hebritas de té negro, con limón y hierbas que tenía en su jardín. Sagradamente después de cada almuerzo y cena todos esperábamos el jarrito que contenía la deliciosa pócima. Puedo sentir el sabor exacto de esa bebida, el té con limón, el aroma generoso y fresco de las hierbas. La amaba. Esperaba cada ronda cruzando los dedos para que quedara un sorbo más. Entre cítrico y dulce, ese fue mi primer té. Mi primer amor con el té, mi primer ritual. Recuerdo la ronda desordenada, las manos tibias compartiendo el té, el calor humedeciendo mi nariz y la sensación de que todo estaba bien. Era un lugar seguro y perfecto. Con una taza de té entre mis manos.
Hace un tiempo pude ver que es allí donde nació y creció mi amor por el té, junto a esta idea, en la que confío plenamente, de que el té se comparte; es dar y recibir.
Es allí donde comenzó mi camino del té, el cual recorro día a día, en donde aprendo y aprendo y no dejo de aprender. Donde descubro todo lo maravilloso que la naturaleza generosamente nos comparte.
La magia que nos brinda y cómo podemos aprovecharla.
Compartirlo es un privilegio.
En un jarrito o en una taza, el recorrido puede comenzar cuando vos quieras.


Rocio
Paula, mi nombre es Rocio y te escribo desde la costa argentina. Me emocione mucho con tu relato, recordé a mi abuelita que hace poco nos dejó físicamente pero que al igual que vos la tengo presente en casa taza de té que bebo por las tardes. Hace más de dos años que tengo en mis sueños abrir una pequeña casita de té, donde se pueda disfrutar de este ritual milenario rodeado de nuestro hermoso entorno mezcla de mar y bosque! Así que en busca de conocimiento sobre este hermoso mundo de la infusión es que te encontré. Gracias por describir tan maravillosamente la sensación que se siente cuando uno comparte este momento (momento del té).
Saludos desde Pinamar.-